Actualmente, el arte contemporáneo está desafiando todas las categorías y maneras de comprenderlo, abriendo camino hacia nuevas posibilidades de creación. El cruce con otros campos es una de sus propiedades fundamentales, siendo la tecnología una de las favoritas de la agenda. De hecho, la nueva revolución digital está cambiando la forma en la que entendemos y hacemos arte. Apenas unas décadas atrás, nadie hubiese podido imaginar el impacto que estos cambios tienen en nuestra cotidianeidad. Vivimos una invasión de electrodomésticos en nuestros hogares, que facilitan y agilizan nuestro día a día realizando todo tipo de tareas: cocinan, limpian, lavan, secan, cortan, procesan, calientan y enfrían, regulan la temperatura del ambiente, estimulan todos nuestros sentidos con imágenes y sonidos… La exposición a ellos es constante, incluso más ahora que pasamos mucho tiempo dentro de nuestras casas, trabajando y estudiando a distancia.

Quizás haya sido esto, y, en especial, la pandemia de COVID-19, lo que ha motivado a varios creativos y curiosos a experimentar usos alternativos de estos aparatos, otorgándoles un nuevo sentido, poético y artístico. Hoy en día, cada vez más artistas se interesan por experimentar con nuevas prácticas y materiales, fusionando procesos y agentes que ponen en cuestión algunas características del arte tradicional. Por ejemplo, ¿cómo se debe entender la autoría de una obra si la mano del artista sólo participa de un porcentaje del proceso de producción del objeto artístico?, o, si se trata de un procedimiento intermediado por el hacer maquínico, ¿el resultado debe ser categorizado como arte o artesanía? Con cuestionamientos como estos, el arte abre nuevas maneras de definirse a sí mismo, adaptándose a las circunstancias del momento, que se transforman rápida y constantemente.
En este contexto de efervescencia tecnológica, las impresoras domésticas fueron adquiriendo nuevas funciones en un mismo dispositivo, como el escaneo o el copiado de fotografías y otros documentos bidimensionales sobre el papel. Estos cambios han permitido agilizar el trabajo en el taller o la oficina, además de ahorrar espacio, en un momento en el que pasamos incesantemente entre el universo analógico y digital. Pero la verdadera revolución está en la impresión de la profundidad o el volumen. Por medio de este descubrimiento, la historia del arte se enfrenta a sí misma. La búsqueda de la mímesis, es decir, de la imitación exacta de las formas de la naturaleza, es uno de los motores del arte, uno de los pilares que lo ha llevado a pensar y ejecutar resoluciones creativas. Si primero había sido la pintura en conquistar la tercera dimensión a través de técnicas de dominio de la percepción, como la Perspectiva Albertiana, luego fueron las fotografías las que han alcanzado un acercamiento mayor a la realidad. El advenimiento de la modernidad y la industrialización en masa tuvo como resultado el surgimiento de las vanguardias históricas y el implemento de prácticas mixtas como el collage, el uso del cuerpo y el espacio como herramientas para la creación artística. Las artes visuales incorporaron materiales y procesos técnicos y las nuevas disciplinas como la fotografía y el cine integraron la máquina en sus propios procedimientos de producción, circulación y consumo. En este marco, la Bauhaus fue prisionera en unir arte, artesanía y diseño, potenciando el desarrollo de las industrias creativas. En este sentido, es posible entender que, históricamente, las prácticas artísticas estuvieron asociadas a la técnica, aunque de distintos modos. Actualmente, las poéticas electrónicas funcionan como búsquedas de acercamiento, en la que las tecnologías funcionan como artefactos esenciales para introducir el arte en nuestra vida cotidiana.
Las impresoras 3D son capaces de transformar ideas abstractas en realidades tangibles, con la posibilidad de escoger el acabado, la textura, los colores y los materiales del objeto, a partir de un modelo digital. El procedimiento es el siguiente: una vez que el prototipo ya está diseñado, un software especializado lo analiza y corta transversalmente en múltiples y finas capas. Como resultado, se obtiene un archivo de instrucciones en un lenguaje de programación denominado Código G, que es enviado a la máquina. Seguidamente, se seleccionan algunos parámetros, como pueden ser la materialidad, la temperatura y la velocidad de ejecución. El proceso de impresión es secuencial, se van depositando las capas transversales de acuerdo con el código impuesto. De esta manera, la materialización del objeto se realiza a partir de la adhesión, de abajo hacia arriba, de las capas. Se trata de un trabajo de precisión extrema, incluso los detalles más finos y las estructuras de filigrana se pueden reproducir con la máxima exactitud. Dependiendo del diseño, puede que, una vez finalizada esta etapa, se deban retirar algunos soportes creados por la misma máquina para dar estabilidad al objeto. También se pueden aplicar acabados, como el lijado, la pintura o la adhesión entre piezas.
Esta manera de producir objetos está conquistando cada vez más áreas de nuestra vida, transformando las maneras en las que nos relacionamos con el universo digital. Por ejemplo, puede ser utilizada para producir objetos para el hogar, como sistemas de colgado o de organización de elementos pequeños, portavasos o pantallas de lámparas, hasta juguetes o implementos médicos. La impresión 3D puede realizar cualquier cosa que sea concebible constructivamente, de modo que las posibilidades de creación son infinitas. La rápida democratización del método condujo a la personalización de los productos, convirtiéndolo en un oficio hogareño, que puede servir para la venta en grandes cantidades o para el consumo propio. No sólo varían los materiales y la configuración de la impresión, sino también la escala. Las piezas pueden adquirir casi cualquier tamaño y combinarse con otros sistemas de fabricación convencionales.
Pero no todo es cuestión de settings. Detrás de cada activación de la máquina se encuentra lo más importante de todo el proceso: la mente humana. Porque, además de ser un procedimiento técnico, la impresión 3D es, ante todo, un desafío creativo. El objetivo es poner a prueba los conocimientos del sistema con las habilidades de creación, para desarrollar nuevos diseños digitales. La búsqueda de modelos de inspiración, el análisis y el modelado de las formas y del acabado de las texturas y la elección del color, la escala, los materiales, las temperaturas y los procedimientos de intervención, hacen que podamos pensar este fenómeno como un arte. De hecho, la técnica de adición de material en finas capas que la impresora utiliza en su funcionamiento puede ser asociada a la escultura, en la que los materiales para construir la obra se van agregando paulatinamente.
Debido a ello, más que una ruptura con la tradición artística, estas prácticas pueden entenderse como una continuidad, una nueva etapa en la historia del vínculo entre el arte y la técnica. Así como en su momento lo fueron el cincel o el molde, hoy la impresora 3D amplía las posibilidades de crear y expresar, abriendo nuevos interrogantes acerca de qué es una obra de arte, cómo se produce, circula y consume, y cuál es el rol del artista. Porque, claro está, la impresora -así como la cámara de fotografía u otros dispositivos electrónicos utilizados para hacer arte-, no reemplaza a los artistas, sino que redefine su posición dentro del proceso. Su hacer se reinventa a través del código, pero no se elimina. Por ejemplo, ya no es necesario que la materia se manipule con las manos. También importan las ideas, el criterio estético, las capacidades de diseño, de resolución y supervisión del hacedor. El tradicional boceto dibujado hoy puede ser archivo digital de extensión .STL. Luego, una vez impresa la pieza, el artista podrá lijar, ensamblar, quizás pintar o intervenir con otras técnicas manuales, que provocan un contacto directo con la obra.
De igual manera, la máquina no es tampoco sólo un instrumento, sino un agente activo, que actúa de acuerdo a las órdenes que recibe. Por eso, quizás exista la posibilidad de hablar de una colaboración entre ambas partes. Al transformarse la manera de entender la instancia de producción, también debe hacerlo la idea de autoría, que ahora es compartida entre humano y máquina. El primero crea, diseña y programa la ejecución, mientras que la segunda la convierte en código y luego en materia. Por lo tanto, el resultado final conserva la huella humana, aunque mediada por la máquina. Asimismo, cada una de las piezas puede volver a ser reproducida, aunque dejando un margen de imprevisibilidad en el proceso automático del aparato. Esto permite introducir una nueva forma de coautoría, concebir al resultado final como una artesanía digital y abrir la posibilidad de pensar en una producción artesana en masa.
En Buenos Aires, los estudios de impresión 3D están multiplicándose con rapidez. Algunos producen objetos utilitarios, mientras que otros exploran las potencialidades creativas y poéticas de esta técnica. En Neue Casa Taller, Pablo Levy y Gonzalo Szechter combinan sus conocimientos en diseño industrial para experimentar con morfologías digitales que luego transforman en esculturas contemporáneas. Inspirados en la Bauhaus y la arquitectura moderna, buscan integrar arte y diseño a través de tecnologías emergentes. Uno de sus principales objetivos es desmitificar la obra de arte como objeto único e inaccesible, apostando por la democratización en todas las etapas del proceso: producción, circulación y consumo. Eligen materiales y procedimientos de fácil adaptación, que pueden aplicarse incluso en el ámbito doméstico. Su dominio técnico les permite convertirse en prosumidores: productores capaces de personalizar sus métodos de fabricación según sus gustos e intereses. Pero también están atentos a cómo mejorar y poner en valor la experiencia estética que promueven. Hace ya tres años que participan de ferias de arte como Buenos Aires Directo de Artistas (BADA), donde los creadores pueden vender sus obras sin intermediarios y establecer un contacto directo con sus clientes, compartiendo valores, ideas y procesos en primera persona.
En definitiva, la impresión 3D, más que una técnica, parece ser un nuevo lenguaje. Una nueva manera de pensar el arte desde su concepción hasta su circulación. Su verdadero potencial radica en transformar los vínculos entre arte y tecnología, idea y materia, lo artesanal y lo automatizado, lo digital y lo analógico, la producción y el consumo, lo local y lo global. En este movimiento, comprendemos que el arte se nutre de su historia y tradición, pero florece en su capacidad de reinventarse. La impresión 3D desdibuja las viejas categorías modernistas y abre caminos múltiples, rizomáticos y en constante modificación. La proliferación de nodos productivos de impresión 3D en distintos lugares del planeta focalizados en crear artesanías de diseño y esculturas, comprendiendo el fenómeno como la creación de bienes de arte de consumo. Todo esto representa, al mismo tiempo, un desafío y una oportunidad: la de entender, sobre la marcha, las reglas del arte y el diseño actuales y, en ese proceso, repensarnos a nosotros mismos, desarrollando nuevas capacidades de creación y adaptabilidad.
